ossis y wessis


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El Muro de Berlín fue y es fuente de inspiración y desahogo artístico para los berlineses.

Recuerdo que siempre me fascinó ir a Berlín cuando era corresponsal en Bonn, convertido en capital de Alemania con la idea de que Berlín recuperase un día lo que perdió en la guerra A pesar de ser una ciudad cercada y partida en dos de manera brutal, en Berlín respirabas puras ganas de vivir. No importaba que el drama estuviera tan presente, con la línea divisoria atravesando a veces un bloque de viviendas o incluso las habitaciones de un mismo piso. Eso no impedía que Berlín fuese todos esos años la ciudad más alegre y vitalista de Alemania.

Con la desaparición del Muro muchas cosas han cambiado y no todas para bien, pero Berlín sigue siendo una ciudad dinámica y creativa. Lo que pasa es que 1 de 5 alemanes (en el Oeste) y 1 de cada 50 (en el Este) siguen llevando la división en la cabeza y hasta les gustaría, sobre todo a los cocidentales, que pusieran de nuevo el muro en el mismo sitio en el que estaba. Wessis y Ossis. Alemanes del Este, alemanes del Oeste: tan cerca y sin embargo tan lejos.

En Berlín se refugiaban los jóvenes alemanes del Oeste que no querían hacer el servicio militar, porque viviendo allí estaban exentos. Vivir en Berlín era como estar en el paraíso. Pagabas menos impuestos y la prosperidad del milagro alemán de los años sesenta, después de una dura postguerra, caía generosamente sobre Berlín.

Allí estudiar era más fácil, porque te pagaban los estudios; los pisos eran más baratos, porque no faltaban las viviendas de protección oficial, y la oferta cultural era escandalosamente rica y atractiva, pagada, subvencionada, porque Berlín tenía que ser un escaparate de las maravillas de Occidente. Lo que no impedía que la escena alternativa fuera también potente, viva.

Sin que nadie pareciera darse cuenta, Berlín Occidental se convertía también en un refugio para los artistas, pintores, músicos, actores. Berlín era otra cosa: internacional, multicultural, abierto… especialmente abierto. Una ciudad libre y exuberante en medio del color grisáceo de la Alemania comunista, que se hacía llamar democrática.

Cuando cruzabas el Muro y aterrizabas en el otro Berlín, parecía que de pronto todo perdiera el color. Es curioso, pero es verdad. No era algo solamente sicológico, se lo aseguro: era verdad, y lo veíamos en las imágenes que garbábamos en el otro Berlín. Sin embargo la gente del otro lado también era cordial, alegre, con calidad humana. También había artistas plásticos, músicos y una envidiable agenda cultural en los teatros. Con la ventaja para un occidental de que era siete veces más barato en el Oeste porque el cambio de un marco alemán por un deutsche Mark del Oeste era de siete a uno.

En el otro Berlín, era una gozada irte de restaurantes. Nunca más me he podido permitir pagar de mi bolsillo, en ningún otro lugar, comisas tan suculentas con en algunos de aquellos restaurantes de Berlín Oriental en los que ni siquiera debías reservar mesa.

Para teatros y conciertos sí tenías que reservar, pero como periodista lo tenías fácil, aunque siempre quise pagar la entrada. Cuando cayó el Muro y las dos ciudades volvieron poco a poco a ser una, nos dimos cuenta lo que habíamos perdido. En el Oeste dejó de haber dinero para la cultura, los jóvenes tuvieron que ir a la mili y se acabó el chollo de comprar los mejores LPs, con los mejores directores del repertorio clásico, por cuatro perras en Alexanderplatz, en el otro Berlín.

Berlín volvió a ser Berlín y recuperó la capitalidad de una Alemania reunificada, pero volver a ser libres no significó mayor calidad de vida, ni en el Este ni en el Oeste. Al contrario. La reunificación significó para los alemanes occidentales el fin de muchas décadas de prosperidad. Tragarse a la RDA significó para los alemanes de la república Federal tener que apretarse el cinturón y pagar más impuestos para hacer en el Este lo que en el Oeste hicieron medio siglo antes con el dinero del plan Marshall.

La reunificación no alegró a todos. De pronto, en el Este, la seguridad en el trabajo desapareció y las ventajas de un Estado paternalista, que te daba todo a cambio de privarte de libertad, desaparecieron. Llegaban los wessis, los del Oeste, avasallando, comprando y desalojando, haciéndose los amos… En el Este creían que el capitalismo era el nirvana. Pues no, no lo era. Y empezaron los conflictos, la radicalización de la sociedad, la aparición de reacciones ultraderechistas… No era tan fácil hacer realidad el sueño.

Ossis y Wessis son habitantes de dos planetas diferentes, aunque se van acercando, se toleran, crecen juntos. Pero aún hay una cesura, una herida, una desgarradura que diría el amigo Cioran. Mis hijos, de padre español y madre alemana occidental, otros niños los corrían por el parque, en Postdam, amenazándolos porque eran Wessis.

La tensión entre el Este y el Oeste permanecerá tal vez por generaciones. En el Este, además, pasaron del nacional-socialismo al nacional-comunismo, sin transición, y eso se paga. Unos y otros se han criado en dos mundos distintos, de espaldas unos a otros, con una muralla entre dos maneras de entender la vida. Solo la renovación generacional puede borrar con los años las diferencias.

Hace 20 años que cayó el Muro, pero los alemanes siguen divididos, con un muro en la mente.

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