miedo a los 20 años


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La Alemania del Este tuvo que esperar a la reunificación de 1990 para modernizarse.

Vengo de París y voy a Leipzig, al festival de cine documental más importante de toda Europa del Este durante los años de la guerra fría. Me han invitado y me pagan dietas y hotel. Hoy no habría aceptado, pero entonces era distinto y no nos sentíamos comprados. De hecho, nunca nos ahorramos críticas ni reproches hacia una organización que tenía que dar siempre el primer premio a una película socialista y que debía reservar sitio de honor a un film soviético. Siempre.

Estoy en un tren expreso, que se acaba de parar en la frontera con la RDA, en Turingia. Cuando le doy mi pasaporte a un grepo me doy cuenta que no lleva visado, pero la carta del festival me salva. Aún así, me dicen algo que no entiendo. Todavía no sabía alemán y ellos el único idioma extranjero que hablan es ruso. Presiento que hay un cierto revuelo en el tren entre los agentes de seguridad y los revisores. No me pueden echar porque han visto un sello oficial en la carta y eso les puede crear problemas; pero tampoco me pueden dejar pasar sin visado. El problema para ellos debía ser importante.

Diez años más tarde, cuando los alemanes del Este atravesaban en trenes sellados el territorio de la RDA, presas del pánico ante la posibilidad de que pararan los trenes y se los llevaran presos a todos, me acordé del miedo que pasé entonces en mi ignorancia de que la carta de invitación de Leipzig con el sello oficial me daba inmunidad.

El tren arrancó y siguió su camino, pero desde ese momento una revisora sonriente y un poco obesa, se sentó a mi lado y no se separó de mi en todo el viaje. Con mano firme, la amable señora me mantuvo sentado cuando el tren llegó a Leipzig, donde yo pretendía bajar. De bajar, nada; tenía que seguir allí, en el viaje del tren hacia el norte y tragando la carbonilla de la locomotora que entraba por la  ventanilla.

Sentí miedo, lo confieso. Era mi primera incursión más allá del telón de acero y en mis veinte y pocos años ya sabía que Alemania del Este era una cárcel rodeada de alambre espino. Pasé miedo, cómo no, cuando el tren llevó a las afueras de Berlín y pegó un giro al Oeste… ¿A dónde me llevaban en aquel vagón vacío? ¿A algún Gulag?

Vi el Muro, por primera vez, un Muro que eran dos. Y cómo el tren seguía su trazado, imperturbable. Vi el centenar de metros entre los dos Muros, donde estaban instalados los dispositivos de disparo automático. Vi las torretas de vigilancia, que me tanto recordaban los campos de exterminio nazis de las películas que veíamos en sesión doble en el cine de mi pueblo. Y el silencio que atravesaba el silbido de la locomotora, incansable. ¿Por qué tanto silbato? Y si había amanecido y había salido el sol, ¿por qué estaba todo tan gris a nuestro alrededor?

Aquel trayecto de más de 70 kilómetros, rodeando Berlín-Occidental, me pareció eterno, sin saber a dónde me llevaban en aquel tren sin rumbo aparente. Me faltó el idioma para que mi compañera de asiento me contara que todos los trenes que iban a Berlín Oriental, capital de la RDA, tenían que rodear la parte occidental de la antigua capital alemana, rodeada ahora por el Muro, para dejar a sus pasajeros en la estación del Norte, en zona soviética.

La revisora bajó  conmigo del vagón, con una nota en la mano en aquella húmeda mañana de noviembre, señalando una y otra vez con el dedo la palabra taxi que había escrito con un lápiz y el subrayado de Ministerium für Staatssicherheit. ¿Me llevaban a la cárcel en taxi?

Con un hermetismo al que tendría todavía que acostumbrarme, el taxista me ayudó con la maleta y me abrió amablemente la puerta del taxi. Las calles de Berlín-Este parecían salidas de una película de la II Guerra Mundial, con restos de los bombardeos y gente vestida como nadie vestía desde hacía años en el Oeste. Los árboles de las avenidas eran grises (lo juro, grises) y los coches, tartanas como el taxi que me llevaba, donde olía a gasolina y el motor hacía el ruido de una vespa.

Cuando llegamos a nuestro destino y vi el Ministerio me di cuenta de la farsa. La revisora se había quitado el muerto de encima colocándoselo al taxista, y el taxista ahora se liberaba de su responsabilidad pasándome al portero del Ministerio de Seguridad del Estado. Pero al conserje yo no supe explicarle nada en aquel vestíbulo en penumbra; y tras decirle buenos días en español y darme una vuelta por el vestíbulo salí de nuevo a la calle y le enseñé al taxista mi carta con la dirección de Leipzig.

Creo que debo haber sido uno de los pocos occidentales que ha cruzado el telón de acero sin permiso. Comprendo ahora lo amables que quisieron ser con un extranjero invitado por sus autoridades a un festival oficial. Sin embargo, en mi vida volví a pasar tanto miedo hasta que me fui a cubrir el cerco de Sarajevo.

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