bufandas rojas
Los gorgoritos de Kohl se mezclaban con los pitos de los berlineses. Minuto 1:04 de este vídeo. el canciller germano-occidental no era popular en la ciudad dividida. Y menos ese día, enque parecía que estaba allí para hacerse la foto, para apuntarse el tanto. Especialmente sensibles con lo que estaba pasando, y sensibles con las declaraciones de los políticos occidentales, que no querían reclamar el fin de la división entre el Este y el Oeste, el pueblo de Berlín abucheó sin complejos a su canciller en vez de cantar el himno alemán.
Nunca nadie había desafinado tanto como Helmut Kohl cantando el himno alemán aquella tarde/noche en Berlín, 24 horas después de que cayera el Muro.
Era el día 10 de noviembre de 1989 y el canciller alemán llegaba al Ayuntamiento de Berlín Oeste directamente de su viaje oficial a Varsovia. A su lado, el alcalde: Walter Momper con su hija y su bufanda roja, haciendo historia, aguantando el tipo como en todos y cada uno de esos momentos irrepetibles que visimos en Berlín aquel mes de noviembre en que, como excepción a la regla, una buena noticia… era noticia.
Los periodistas le teníamos cariño al alcalde Momper, los berlineses también. Este socialdemócrata apartado de la política desde 1993, siempre estuvo a pie de obra en esos días difíciles en los que las policías de uno y otro lado trabajaron coordinadas pero nunca tuvieron que intervenir porque aquellos cientos de miles de berlineses, de uno y otro, jamás perdieron la cabeza y siempre mantuvieron la calma en medio de la euforia.
En mis recuerdos, la imagen de los trozos de hormigón del Muro retirados por una grúa gigante irán siempre al lado de la bufanda roja del alcalde de Berlín. Porque como yo en los telediarios, Walter Momper llevaba siempre puesta su bufanda roja protegiéndose el frío. Me resulta curioso, ahora, comprobar en las imágenes de archivo que nunca vimos a Momper con una gorra tapándose una calva que era muy sensual, según decían mis colegas periodistas de Berlín.
Momper estaba por todas partes, siempre amable y sonriente, siempre dispuesto a unas declaraciones, siempre ayudando y dando consejos, siempre hablando con los berlineses de uno y otro lado, siempre al lado de sus policías. Siempre optimista. Nunca vimos en Momper una frase fuera de contexto, ni una brizna de demagogia. Para él que se cayera el Muro parecía que fuera como si se hubiera roto una cañería y estuviera allí, a pie de obra, levantando el ánimo de los vecinos que tendrían que pasar unas horas fuera de casa mientras los bomberos achicaban el agua. Leer más…













