el blog de josé-maría siles

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bufandas rojas

Los gorgoritos de Kohl se mezclaban con los pitos de los berlineses. Minuto 1:04 de este vídeo. el canciller germano-occidental no era popular en la ciudad dividida. Y menos ese día, enque parecía que estaba allí para hacerse la foto, para apuntarse el tanto. Especialmente sensibles con lo que estaba pasando, y sensibles con las declaraciones de los políticos occidentales, que no querían reclamar el fin de la división entre el Este y el Oeste, el pueblo de Berlín abucheó sin complejos a su canciller en vez de cantar el himno alemán.

Walter Momper,  el alcalde de la bufanda  roja, al día siguiente de que cayera el Muro.

Nunca nadie había desafinado tanto como Helmut Kohl cantando el himno alemán aquella tarde/noche en Berlín, 24 horas después de que cayera el Muro.

Nunca nadie había desafinado tanto como Helmut Kohl cantando el himno alemán aquella tarde/noche en Berlín, 24 horas después de que cayera el Muro.

Era el día 10 de noviembre de 1989 y el canciller alemán llegaba al Ayuntamiento de Berlín Oeste directamente de su viaje oficial a Varsovia. A su lado, el alcalde: Walter Momper con su hija y su bufanda roja, haciendo historia, aguantando el tipo como en todos y cada uno de esos momentos irrepetibles que visimos en Berlín aquel mes de noviembre en que,  como excepción a la regla, una buena noticia… era noticia.

Los periodistas le teníamos cariño al alcalde Momper, los berlineses también. Este socialdemócrata apartado de la política desde 1993, siempre estuvo a pie de obra en esos días difíciles en los que las policías de uno y otro lado trabajaron coordinadas pero nunca tuvieron que intervenir porque aquellos cientos de miles de berlineses, de uno y otro, jamás perdieron la cabeza y siempre mantuvieron la calma en medio de la euforia.

José-María Siles, corresponsal de TVE, horas después de que cayera el Muro de Berlín

José-María Siles, corresponsal de TVE, horas después de que cayera el Muro de Berlín

En mis recuerdos, la imagen de los trozos de hormigón del Muro retirados por una grúa gigante irán siempre al lado de la bufanda roja del alcalde de Berlín. Porque como yo en los telediarios, Walter Momper llevaba siempre puesta su bufanda roja protegiéndose el frío. Me resulta curioso, ahora, comprobar en las imágenes de archivo que nunca vimos a Momper con una gorra tapándose una calva que era muy sensual, según decían mis colegas periodistas de Berlín.

Momper estaba por todas partes, siempre amable y sonriente, siempre dispuesto a unas declaraciones, siempre ayudando y dando consejos, siempre hablando con los berlineses de uno y otro lado, siempre al lado de sus policías. Siempre optimista. Nunca vimos en Momper una frase fuera de contexto, ni una brizna de demagogia. Para él que se cayera el Muro parecía que fuera como si se hubiera roto una cañería y estuviera allí, a pie de obra, levantando el ánimo de los vecinos que tendrían que pasar unas horas fuera de casa mientras los bomberos achicaban el agua. Leer más…

trabis y mercedes

Trabi adaptado, en el lago Balatón, Hungría.

Trabi adaptado en el lago Balatón, Hungría.

Los trabis y los mercedes fueron durante años primos hermanos en el lago Balatón, en Hungría. Aquí venía a veranear los alemanes del Este, con sus pasaportes del Pacto de Varsovia y sus ansias de aventura. Los del Oeste también acampaban aquí con sus mercedes porque era barato, si pagabas con divisas, y porque estaba cerca. Durante décadas, familias alemanas de uno y otro lago confraternizaban aquí sin olvidar por un momento lo que a cada uno lo faltaba.

Los del Este se quedaban de piedra cuando se asomaban al frigo de los camping-car de las familias occidentales, con sus yogures de diez sabores diferentes y sus frutas exóticas: plátanos y naranjas, sobre todo, que en la RDA solamente podías comprar con dólares o DM. Los del Oeste se quedaban encandilados con la calidad y la camaradería de los alemanes del otro lado, donde la amistad y la familia era lo más importante.

El Este y el Oeste se juntaban en el Balatón, se recuperaban amigos y las familias se reencontraban. Una fotógrafa del Este pudo así publicar una foto de la ‘familia ideal socialista’, junto al lago Balatón. En realidad se trataba de la unos amigos de antaño que, desde hacía muchos años, se había instalado en el Oeste… y era más bien la imagen de una familia del Oeste capitalista y corrupto, como se vendía Occidente en la RDA.

Los alemanes de la RFA eran los parientes ricos y podían permitirse el lujazo, con los precios que pagaban en los fiorintos devaluados que se usaban en Hungría, de invitar a los nuevos amigos y de sentirse importantes y dueños de la situación. Los del Este, qué remedio tenían, se dejaban querer. Luego seguiría la amistad, al volver de vacaciones. Y los Oeste seguirían siendo solidarios con sus hermanos del otro lado enviando paquetes de comida y haciéndoles regalos del catálogo por correspondencia de los Intershops: las tiendas del régimen en las que, como DM, podías comprar artículos occidentales sin límite.

El capitalismo y el comunismo convivían sin problemas en este lago mágico, una especie de Mallorca del socialismo realmente existente (qué cosas se decían entonces). Aquí en el Balatón todos se olvidaban del Muro de Berlín y de que los unos no podían ir a visitar a los otros (salvo que vivieras en Berlín y pagaras el visado de 24 horas) ni los otros podían viajar al Oeste.

La reunificación de Alemania se fue cociendo, durante décadas, a orillas del lago Balatón. Y, en 1989, la revolución que iba a tirar el Muro empezó precisamente aquí, junto al mayor lago de Europa Central. Ese verano, los alemanes de la RDA no se contentaron con olvidarse por unas semanas de que vivían en una cárcel de la que no podían salir nada más que hacia el Este, para meterse en otra cárcel igual de gris que la suya. Del Balatón, los primeros veraneantes se fueron enseguida a la vecina Budapest, a reclamar su ciudadanía occidental en la embajada de la Alemania Federal.  Y ahí empezó todo.

miedo a los 20 años

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La Alemania del Este tuvo que esperar a la reunificación de 1990 para modernizarse.

Vengo de París y voy a Leipzig, al festival de cine documental más importante de toda Europa del Este durante los años de la guerra fría. Me han invitado y me pagan dietas y hotel. Hoy no habría aceptado, pero entonces era distinto y no nos sentíamos comprados. De hecho, nunca nos ahorramos críticas ni reproches hacia una organización que tenía que dar siempre el primer premio a una película socialista y que debía reservar sitio de honor a un film soviético. Siempre.

Estoy en un tren expreso, que se acaba de parar en la frontera con la RDA, en Turingia. Cuando le doy mi pasaporte a un grepo me doy cuenta que no lleva visado, pero la carta del festival me salva. Aún así, me dicen algo que no entiendo. Todavía no sabía alemán y ellos el único idioma extranjero que hablan es ruso. Presiento que hay un cierto revuelo en el tren entre los agentes de seguridad y los revisores. No me pueden echar porque han visto un sello oficial en la carta y eso les puede crear problemas; pero tampoco me pueden dejar pasar sin visado. El problema para ellos debía ser importante.

Diez años más tarde, cuando los alemanes del Este atravesaban en trenes sellados el territorio de la RDA, presas del pánico ante la posibilidad de que pararan los trenes y se los llevaran presos a todos, me acordé del miedo que pasé entonces en mi ignorancia de que la carta de invitación de Leipzig con el sello oficial me daba inmunidad.

El tren arrancó y siguió su camino, pero desde ese momento una revisora sonriente y un poco obesa, se sentó a mi lado y no se separó de mi en todo el viaje. Con mano firme, la amable señora me mantuvo sentado cuando el tren llegó a Leipzig, donde yo pretendía bajar. De bajar, nada; tenía que seguir allí, en el viaje del tren hacia el norte y tragando la carbonilla de la locomotora que entraba por la  ventanilla.

Sentí miedo, lo confieso. Era mi primera incursión más allá del telón de acero y en mis veinte y pocos años ya sabía que Alemania del Este era una cárcel rodeada de alambre espino. Pasé miedo, cómo no, cuando el tren llevó a las afueras de Berlín y pegó un giro al Oeste… ¿A dónde me llevaban en aquel vagón vacío? ¿A algún Gulag?

Vi el Muro, por primera vez, un Muro que eran dos. Y cómo el tren seguía su trazado, imperturbable. Vi el centenar de metros entre los dos Muros, donde estaban instalados los dispositivos de disparo automático. Vi las torretas de vigilancia, que me tanto recordaban los campos de exterminio nazis de las películas que veíamos en sesión doble en el cine de mi pueblo. Y el silencio que atravesaba el silbido de la locomotora, incansable. ¿Por qué tanto silbato? Y si había amanecido y había salido el sol, ¿por qué estaba todo tan gris a nuestro alrededor?

Aquel trayecto de más de 70 kilómetros, rodeando Berlín-Occidental, me pareció eterno, sin saber a dónde me llevaban en aquel tren sin rumbo aparente. Me faltó el idioma para que mi compañera de asiento me contara que todos los trenes que iban a Berlín Oriental, capital de la RDA, tenían que rodear la parte occidental de la antigua capital alemana, rodeada ahora por el Muro, para dejar a sus pasajeros en la estación del Norte, en zona soviética. Leer más…

visa-frei bis shanghai

El 4 de septiembre de 1989 comienzan las manifestaciones de los lunes, en Leipzig, por la tarde, a la salida de misa. Es el inicio de la revolución de otoño en Alemania  del Este.
Pancarta en la manifestación de los lunes: "Somos un pueblo".

Pancarta en la manifestación de los lunes: "Somos un pueblo".

Ese primer lunes, un millar de personas concentradas en la plaza de la Nikolkirche gritan “Stasi raus”, y “Reisefreiheit statt Massenflucht”. Fuera secretas y libertad para viajar en vez de fugas masivas. Estos alemanes del este que comienza la revolución de otoño no se quieren ir al Oeste, pero reclaman democracia.

El régimen golpea duro al pueblo disidente siete días después, el lunes siguiente. Pero la brutal intervención de los antidisturbios en Leipzig no acaba con la manifestación de los lunes. La semana siguiente serán ya 8.000 los manifestantes: la ola empuja, imparable, mientras cada día cientos de alemanes del este se siguen refugiando en las embajadas de la RFA en Budapest, Praga y Varsovia: los tres países más abiertos a los nuevos tiempos que impulsa la perestroika de Gorbachov.

La Oposición había estado creciendo lentamente, pero firme, alentada por la iglesia evangélica. En los oficios de los lunes, los pastores alentaban la resistencia pasiva y la no violencia. Era un movimiento patriótico, incluso nacionalista. No era la reunificación lo que se pedía sino la libertad. De esos círculos cristianos saldrían los primeros partidos, que luego se irían diluyendo en las fuerzas políticas del Oeste.

El grito “wir sind das Volk”, somos el pueblo, salió de estas manifestaciones en Leipzig y fue coreado pronto en las cuatro esquinas de la RDA. Fue el eslógan más oído en aquella revolución pacífica, junto con aquel otro: el muro tiene que desaparecer, mucho más rítmico y contundente en el idioma de Goethe: “Die Mauer muss weg”.

La manifestación del 4 de noviembre de 1989, fue la confirmación de que el régimen de la RDA había perdido frente a la presión popular.

La manifestación del 4 de noviembre de 1989, fue la confirmación de que el régimen de la RDA había perdido frente a la presión popular.

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efecto dominó en berlín

El alcalde de Berlín estará allí el 9 de noviembre, 20 años después, para tirar de nuevo el Muro.Klaus Wowereit, alcalde de Berlín, con la maqueta del 'efecto dominó' junto a la Puerta de Brandemburgo.

Klaus Wowereit, alcalde con la maqueta del 'efecto dominó' junto a la Puerta de Brandemburgo.

Mil fichas gigantes de dominó, de colores, están siendo colocadas siguiendo la línea del Muro de Berlín, entre el Este y el Oeste, en una ciudad dividida de 1945 a 1989. En la tarde/noche del 9 de noviembre, en algo más de cuatro semanas, se cumplirá el vigésimo aniversario de la caída del Muro. En ese mismo momento simbólico, las 7 y 29 minutos de la tarde, unos niños empujarán la primera ficha… y el Muro de Berlín caerá de nuevo. Y con él, día a día, semana a semana, antes de las Navidades habrá desaparecido el comunismo en la Europa del Este. Era el efecto dominó que, veinte años después, los berlineses quien repetir para que caigan de una vez todos los muros.

Será el comienzo de la fiesta que volverá a poner Berlín abriendo los telediarios en todo el mundo. Estos dos kilómetros de fichas representarán los 43 km de Muro en el que murieron casi un centenar de personas en los 28 años que estuvo en pie el Muro de la Vergüenza, como entonces se le llamó: el símbolo más evidente de la guerra fría, del enfrentamiento Este/Oeste y de la división de Europa.

Cada ficha mide 2,40 de alto, como el Muro de Berlín. El proyecto pretende ayudar a entender a las jóvenes generaciones lo que significó (política, económica, social y culturalmente) la caída del Muro. Todos los países que tienen un muro, separando comunidades y haciendo la vida difícil entre vecinos, estarás representando el 9 de noviembre. Todos menos México y Estados Unidos, donde una inmensa barrera de casi 900 km dificulta el flujo migratorio y provoca también cada año decenas de muertos.

La caída del Muro hizo inevitable el fin del otro Estado alemán, nacido del reparto aliado después de la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial. Pero consecuencia, sobre todo, entre la URSS y los aliados occidentales. En 1948, un nuevo Estado era constituído en las tres zonas ocupadas del Oeste. La República Federal de Alemania se integra inmediatamente en la OTAN y Berlín vive los momentos más difíciles de la guerra fría, con el bloqueo impuesto por los tanques rusos. Cada vez que visitabas el Berlín cercado, incluso muchos años después, todavía tenías el sentimiento de que aquella ratonera había servido para fortalecer el sentimiento de libertad. Para los que la tenían y, sobre todo, para los que no.

No fue la perestroika ni Gorbachov quienes tiraron el Muro. Fue el ansia de libertad de los alemanes del Este, en Berlín y fuera de Berlín, lo que hizo posible tirar el milagro. Alemania recuperaba su unidad, Europa también.

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